Hay novelas demasiado reales, donde la ficción escapa por entresijos y regresa acompañada de la realidad imperante, “Gilda” es una de ellas. Es el relato de una “jinetera” quien logró su sueño, el de todas las “jineteras”, ligar un extranjero rico que la sacara de la isla. En su propia voz, nos va contando cuando lo conoció y él le propuso matrimonio, sus dudas sobre la veracidad, su sueño añorado, sus inquietudes.

Armando G. Muñoz, en su característico estilo minucioso y descriptivo, nos lleva por la vida de una mujer luchadora que ha sobrevivido vendiendo su única riqueza, la belleza con que nació, y el mundo escondido descubierto por este español, un rico hombre de negocios, la cara oculta del sistema, las fastuosas riquezas de la nomenclatura, sus islas privadas, sus yates, el sexo desenfrenado.

Vamos siguiendo la relación con el español que la sacó del infierno, su vida posterior en Mallorca, siempre luchando y el final, coincidiendo con el de muchos que han atravesado esos avatares.

“Gilda” es una novela que permanece en la memoria, fuera de lo corriente, dolorosa para algunos, reveladora para otros, un exponente de todas esas mujeres que sobreviven lo peor y vencen.

También es una historia de los cubanos convertidos en judíos errantes  y una sutil advertencia de que el infierno se puede reproducir en muchas partes.

                                                                         

                                                                         Ismael Lorenzo

                                                                                                            

                   En La Habana                                                                            

 

 

Amanece en La Habana, a pesar de encontrarme en el piso diez del antiguo Habana Hilton, hasta allí llega el sonido de la calle, el movimiento incesante de una ciudad despertando y donde las personas se integran al diario “qué hacer” por la vida, por esta vida que se escapa entre los dedos y a la cual no podemos regresar, como no hemos regresado los días transcurridos desde el inicio de esta locura comenzada hace ya cuatro décadas. Hoy la ciudad despierta con el sabor amargo de cuarenta años pasados desde la llegada de nuestros jinetes del apocalipsis montando sus tanques y jeep, con sus barbas y collares, con sus promesas y nuestras ilusiones, como la crónica del desastre que llegaría después. Hoy también cumplo cuarenta años, nací junto con la revolución, he aprendido a unir cada día de mi nacimiento a los festejos revolucionarios como una eterna condena, debería sentirme orgullosa, mi vida esté vinculada a esta fecha, puede ser grandiosa para alguien, pero no para mí, ni otros muchos perdidos en este pantano revolucionario. Me duele la cabeza, quizás la resaca de la fiesta de anoche, la pasamos bien, fue grandiosa, si no fuera por mi “Yuma”, ¿cómo sería?, como tantas otras personas, después de una comidita en familia se quedan a bailar delante del televisor repitiendo la imagen de años anteriores.

 

Abro los ojos, la habitación está en penumbras, veo el mar por los cristales del ventanal del balcón, el interminable Estrecho de la Florida, nos hace creer tan cerca, pero tan lejos la realidad del mundo, ese pequeño estrecho geográfico sirviendo de tumba a tanto hijos de esta tierra, el mar separando a tantas familias de las dos costas, las familias del mal y del bien, de los revolucionarios y los traidores, de los pobres y de los ricos, los sobrevivientes y los que viven.

 

Me levanto, me acerco al cristal, las olas saltan en El Malecón, el frente frío dejó a los habaneros sin su mejor lugar, anoche no se pudieron sentar a contemplar la oscuridad del mar ni hacer planes para mañana, se perdieron los mejores besos de muchos enamorados, las eternas promesas de amor, como si cada ola al saltar fueran las lágrimas derramadas de tantas chicas desilusionadas en espera de un príncipe azul llegando en su carroza con matricula TUR y se las lleva lejos de esta ciudad en ruinas, donde se ha perdido la esperanza, la ilusión… la vida.

 

Siento frío, tengo la piel erizada, mi cuerpo desnudo se defiende del aire acondicionado, miro hacia la cama y veo su cuerpo, el cuerpo de ese hombre tan lejano y desconocido, como el país donde nació, el hombre que hace un año se me acercó en el lobby de “La Maison” y con susurros me dijo…

 

―”Usted  es la mujer buscada por años, ¿sabe, me voy a casar usted”?…

 

Pensé, ¿éste se volvió loco o la ligo?, pero no, era la respuesta a mis súplicas a todos los santos del panteón afrocubano, mis promesas y sacrificios a Changó, Yema Ya, Oshún, al fin alguien se dignó a ayudarme y me envió a este digno caballero, le sonreí con mi mejor sonrisa, una expresión mil veces ensayada, donde la duda y la incredulidad eran hermanas gemelas, ¿no si dijo algo más?, lo miré de pies a cabeza, lo estudié, lo desnudé aún sin quitarle las ropas, eso vendría después, un hombre cerca de los cincuenta y cinco años, atractivo, simpático, de buen ver, bien vestido, elegante en aquél sitio, uno de los más visitados y más caros de La Habana, creo es mi día, pensé, si son ciertas sus palabras hice “el pan”, con un poco de “cariñito de puta” y “cintura con roña”, es mío, sólo hace falta que se deje trabajar.

 

―¿Estás seguro de lo qué dices? ―le pregunté―, puede, yo sea la mujer de tus sueños, pero ¿sabes si eres el hombre de los míos? —no contestó, sonrió, con esa sonrisa de seguridad adquirida por los hombres con muchas noches de vuelo, una billetera abultada en el bolsillo, la sabiduría de los buenos amantes y agregó… 

 

―Me voy a casar contigo, estoy tan seguro como que estoy en este lugar, esta noche, sentado a tu lado, vamos a esperar el nuevo año juntos y vas a ser la persona que voy a besar cuando llegue la media noche, sabes, en mi país dicen: “quien conoces la noche de año nuevo te hará cambiar la vida y pasarás al menos siete noches de año nuevo con ella”… Cogió mi mano…―. Un placer conocer a quien será mi esposa, soy Fernando Boneo, ¿cuál es tu nombre?

―Gilda —contesté, casi en un susurro.

 

Se acercó a mi rostro y con una voz que casi consigue mi humedad vaginal, inquirió.

 

¿Cómo, no te escuché?

 

—Gilda —…repetí, mientras sentía un cosquilleo en mis zonas erógenas, aspirando su aroma a perfume caro y varonil. 

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