Mario o María

 

¿Se nace maricón? o en el transcurso de la vida, nos convertimos, es la misma interrogante, ¿que surgió primero, el huevo o la gallina?, ambos sin respuestas para la mayoría de los mortales. Naci como Mario, soy el segundo hijo de tres hermanos, mis padres un matrimonio normal, sin broncas, ni golpizas.

Mi padre un jodedor cubano, amigo del beisbol, del ron y la cerveza, sin ser alcohólico, trabajador de una fábrica de segunda, serio respetuoso, ¿mujeriego?, no sé, quizás pudo engañar a mi madre con cientos de mujeres o con ninguna, quizás era zorro y lo hacía, pero escondía muy bien las ropas, hasta donde yo sé, en casa jamás se discutió por faldas, por tarros. Mi madre, una excelente mujer, respetuosa, muy limpia y trabajadora, jamás estuvimos sucios, jamás nuestra ropa estuvo rota, éramos tan pobres y tan ricos como cualquier familia cubana formada a finales de los años 60.

Estudiamos en escuelas del barrio donde nacimos, con mis hermanos compartí los amigos, blancos, negros, jabaos, pero fui el único el cual torció su sexualidad, fui el único que prefería quedarse en casa ayudando a mami a limpiar a salir a la calle a jugar a la pelota, a los escondidos, a montar patines o simplemente corretear, mi imaginario mundo se encerraba en mi casa, allí junto a mami mientras la ayudaba, mientras participaba con ella en las tareas domesticas propias de las mujeres, escuchaba  sus novelas, hablábamos de su vida, de su joventud, de mis tías, mis abuelos, conozco cada detalle familiar, cada aniversario, cada gusto, nadie me dijo jamás que sería homosexual, a veces mi padre me miraba buscando en el fondo de mis ojos, en lo más incognito de mi cerebro, la razón de mis actos, quizás lo sabía, lo sospechaba, pero siempre se lo callo, jamás me recrimino, me aceptaba como su hijo, me respetaba como persona, nunca me hablo con grosería, ni me dijo como le han dicho sus padres a tantos otros como yo que conocí después, “un hijo mío no puede ser maricon, dale para la calle a jugar pelota, a tirar piedras, en mi familia no hay maricones”, hasta el día de su muerte, lejos de nosotros, en la absurda guerra angolana donde nos involucro el comandante por su ego y gloria personal, mas las ordenes que recibía del Kremlin, fue mi padre, fue mi amigo.

Con su muerte nos vimos solos con mi madre, la mísera pensión mal alcanzaba para sobrevivir, se terminaron los sueños de estudios, de carreras universitarias, de futuro, estábamos llenos del afecto y el cariño de mami, pero solos, sin guía, sin patrón de conducta, sin padre. Gracias Fidel.

Me gustaba leer, me fascinaba la actuación, el teatro era mi sueño más fehaciente, había vivido mi vida como una constante obra de teatro, amando a los hombres en silencio, aparentando amar mujeres en mis actos, tuve mis novias, me gustaban, era dulce en el trato con ellas, les hablaba, les leía poemas de amor, más de una o de uno, fue a mi cama después de una sección de poesía, igual que ellas, ellos son almas necesitadas de amor, almas solitarias buscando el mejor de los tratos, el más consolador, detrás de tanta fuerza y hombría masculina hay un ser capaz de llorar por amor, sufriendo por una desilusión, mis hermanos, mis amigos del barrio tenían sus dudas, para unos era amanerado, para otros, los que conocieron mi secretos de alcoba, esos callaban, muchos no opinaban, otros, los más duros, los que daban machetazos en una bronca, en público era maricon, en mi cama, era su mami, cuantos tipos duros se revolcaron en mis placeres, cuantos me despreciaban en público y después en la privacidad lloraban en mi pecho porque su mujer los engañaba, porque sentían mayor satisfacción en los placeres brindados por mí a los dados por sus hembras... 

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